Hay ciudades que se conocen mirando monumentos. Bogotá también se descubre con una cuchara en la mano. Cuando recomiendo acercarse a la capital colombiana a través de su cocina, no empiezo por restaurantes de mantel blanco. Empiezo entre papayas, guanábanas, hierbas, mazorcas y ollas que llevan horas al fuego.
Bogotá tiene una particularidad que siempre intento aprovechar cuando diseño una experiencia para familias: en pocas calles podemos viajar varios siglos. Una fachada colonial puede estar frente a un mural contemporáneo. Una plaza puede contar historias de independencia, política y religión. Y unos minutos después, una fruta que muchos niños nunca han probado puede convertirse en la mejor anécdota del día.
Viajar a Bogotá con niños tiene una ventaja que muchas familias descubren demasiado tarde: no necesitas llenar el día de parques temáticos para mantenerlos entretenidos. Aquí puedes subir una montaña en teleférico por la mañana, buscar figuras de animales hechas en oro unas horas después y terminar el día jugando entre árboles.



